La actual coyuntura de crisis económica debe servir para clarificar, de una vez por todas, cuál es el papel que queremos que el deporte desempeñe en nuestra sociedad. Al respecto de esto, no faltan quienes, valiéndose de enquistados prejuicios, consideran que cualquier cantidad que desde las administraciones públicas se derive hacia el deporte supone un gasto superfluo, y no una inversión. Pero, en contra de los que así opinan, hay una realidad que se dibuja con trazo firme pese a quien le pese: el deporte es el fenómeno cultural más relevante de toda sociedad. E iría más lejos: por encima de cualquier otra actividad o ideología, el deporte no deja de confimarse como la principal forma de sociabilidad que existe, con una capacidad sin paragón para crear estados de opinión y estados de ánimo. Resulta apabullante el hecho de que constituye uno de los grandes universales sociales compartidos y aceptados en cualquier parte del planeta. De hecho, no estaría de más romper la restricción que en España existe sobre el campo de las llamadas «políticas sociales», para extender sus límites lo suficiente como para abarcar el deporte
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